Creo que me enamoré

Un viaje de 4 horas con los ojos más abiertos que nunca, mis hermanos, la cámara y mi habilidad intacta para sorprenderme, eso fue lo que llevé a Nueva York. A lo largo del trayecto, pasando por Maryland y Filadelfia, sobre las eternas autopistas llenas de carros y cercadas por engañosas paredes gigantes, sentía que dejaba algo atrás. Era como si todas las cargas pesadas se fueran bajando de mí con sus pequeños pies y gordos cuerpos.

Miraba por la ventana tratando de entender cómo había llegado allí y a pesar de la liberación, notaba también cómo se apretaba un nudo en mi garganta. Cada milla me atravesaba el corazón, era una aguja intentando tensar los hilos que tiran desde el centro del cuerpo hasta los ojos y los obligan a llenarse de lágrimas. No lo podía creer. Esta sensación ya la había sentido, no era dolor, era gratitud.

Tenía puesta mi curiosidad en los pasajeros de los carros vecinos al bus. Hombres y mujeres tomando café, hablando por teléfono, hablando entre ellos. Trataba de adivinar si eran inmigrantes y cuando así lo creía, me pintaba en la cabeza posibles historias de su vida lejos de casa. Inevitablemente, terminaba viendo en ellos un reflejo de mi propia familia, todas las alegrías y tristezas que vivimos en la distancia.

Mis pequeños hermanos me dieron la señal: estábamos llegando a Nueva York. Íbamos sentados en la última fila del bus y por un momento me resigné a no tener la mejor vista. Mas los instintos se reacomodaron y olvidaron la vergüenza aprendida en la infancia cuando mi mamá me obligaba, con pena, a hacer preguntas a extraños para pedirles favores en contra de mi voluntad. Me cargué de valor y recordé a mi papá contándome cuando llegó por primera vez a Nueva York en bus, sin poder tomar una sola foto por culpa de su cámara, pero con la felicidad de ver los techos de los edificios flotando en el aire. Yo también quería esa felicidad y esto lo tenía que registrar por los dos.

Corrí en busca del primer puesto que iba vacío y me senté. A mi lado reposaba un lindo maletín negro y una chaqueta estilo piloto, ambas del conductor, un señor guapo de unos 60 y tantos años, pelo completamente blanco, bigote y gafas ray ban aviator. Era perfecto, llegaba a Nueva York en un día soleado, con la mejor compañía y Stan Lee conducía mi bus (déjenme soñar).Ver el panorama industrial que rodea Nueva York me sorprendió. Grúas enormes y construcciones flotando en el agua, columnas de humo saltando en el cielo. Industrias, muevan las industrias; fue un dibujo de lo que es ese país. Luego empecé a notar los edificios, Manhattan, Brooklin, y en ese puente eterno, quise llorar, sola, sin que nadie me viera, para darme las gracias por haber trabajado cada centavo para el viaje, replanteado el sueño sola, sin compañía, sin ataduras, sin alguien que me obligara a ver a través de sus ojos. Qué momento más perfecto para saborear la felicidad de conocerme, perdonarme por el pasado y dejar fuera de mi vida cargas que sólo devoraron mi salud.
Más la vida tiene un sentido del humor implacable; cuando llegamos a Penn Station decidimos caminar hasta el hotel y a la primer vuelta a la esquina, me encontré con la tienda de B&H Photo. Para que entiendan el chiste que me hacía la vida, les explico: B&H era la tienda favorita de mi ex para comprar sus cosas de fotografía , además siempre quisimos ir a Nueva York juntos y uno de los planes obligados era entrar a esa tienda. Ahora sí, todos podemos reír y continuar.

Nos hospedamos en The Travel Inn, donde pude hacer uso de mis habilidades de conquista con los tres turnos de recepcionistas hindúes, logrando la clave del wifi gratis, y donde también tuvimos que correr de un piso al otro en la madrugada del primer día, gracias a que nos estábamos inundando. Fue un poco irónico, ya que al entrar a la habitación vimos el techo adornado con un patrón de grietas grises uniformes y aunque nos pareció sacado de una película de terror, supusimos que era decoración, horrible decoración.

Cada día estaba más lleno de la necesidad de tener los ojos muy abiertos, ver el cielo escondido entre los edificios, el piso ordenado, examinar las calles a lo lejos, las caras de la gente; escuchar las conversaciones ajenas, en tantos idiomas sin poder adivinar su procendencia,  fijar mi atención sin descaro en hombres sólo aptos de una descripción: celestiales; bailar en la calle, catar el aire, inhalar el aire del metro, tocar las paredes, pisar la nieve congelada. Y de vez en cuando, cerrar los ojos y dejar que todo a mi alrededor flotara, llenándome de una sobrecogedora magia que me drogaba y me recorría el cuerpo con fuerza.
Lo que había dentro, en la cabeza y en el alma, sólo lo puedo comparar con esos momentos de euforía estando enamorada. La diferencia esta vez es la procedencia y los fines de esa plenitud, nacía en mí, me conquistaba, me tomaba con amor y terminaba en mí, en nadie más.Fueron días de sueño, el cliché perfecto con Alicia Keys y Jay Z sonando de fondo. Hasta el viento helado congelándome los ojos, la nariz y la boca, me parecía perfecto. Nuestros pasos no se detenían, The New York Times, todo Times Square, Sanrio Store (♥), Macy’s, las múltiples estaciones del metro, el paseo por el Hudson, el casi viaje errado a Long Island en el ferry, las paradas en las tiendas para calentarnos la nariz… Nunca había estado tan enamorada de mis sentidos, de la posibilidad de caminar, de ver, de respirar, de volar con el alma.

Pero fueron 3 paradas las que me inyectaron una desproporcionada e intensa fe: Alice in Wonderland en el Central Park, el apartamento de Carrie Bradshaw en Sex and the City y The New School of Public Engagement. Diría que esas 3 visitas describen perfectamente quién soy y el momento de mi vida por el que estoy pasando: una niña aún dispuesta a creer en conejos que hablan, pociones para crecer y hacerse pequeño, reinas de corazones y fiestas del té.

También una mujer enamorada del amor, admiradora de infinitos fracasos propios y colectivos en las relaciones, sorprendida con el poder del sexo, los tacones y la amistad. Y una persona con sueños a reventar, hambrienta de conocimiento, dispuesta a trabajar por causas reales, cruciales en la vida de muchos.

Eso fue Nueva York, el cierre de ciclos, la bienvenida de vuelta a mi vida, a mi cuerpo, a mi risa, mis chistes, a la esperanza incontrolable de equivocarme sola, sin ayuda, justo como doña María Félix dijo. El frío delicioso de Nueva York, doloroso en la cara y desgraciado con la nariz, me congeló los dolores y me recordó mi capacidad de adaptarme a nuevos mundos después de haberme perdido. En Nueva York volví a sentir que el amor está por ahí, esperando a que camine en su dirección… y tal vez, sólo tal vez, ya empecé a ir hacia él.

There is only ONE WAY

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