5 Piso

Se levantó esa mañana, en su boca nadaba un extraño sabor a metal, sus ojos estaban rojos, como inundados en sangre. Las manos le dolían y el estómago gritaba a causa del hambre. Sintió un poco de frío, así que estiró la mano y tomó la primera tela que encontró. El cuarto estaba oscuro, pero a través de algunos huecos en la cortina, se colaban los primeros esfuerzos del sol de madrugada por calentar. Puso la cabeza de nuevo en la almohada y cerró los ojos. El silencio en el cuarto era tan triste y sobrecogedor que hasta parecía que los cientos de libros en la biblioteca sentían pena por ese insípido y desnudo hombre.

Mil luces lo cegaban aun con los ojos cerrados, sin embargo siempre volvía a su mente la imagen de esa mujer linda que hacía tanto seguía. El vestido color hueso volaba con el aire frio, mientras que sus pezones trataban de encontrar escondite tras sus manos. El delgado saco de lanilla café oscura y las botas cortas color beige, disfrutaban a esa hermosa mujer, disfrutaban sentirla, oler a ella, ser de ella. Los celos de no ser esa ropa, de no oler a ella o ser de ella, lo mataban a él. El sueño en el que hacían el amor, luego hablaban, fumaban un cigarrillo y volvían a hacer el amor, era solo eso, un sueño. Un sueño que no se iba, que no quería abandonarlo. Así, volvió a abrir los ojos y se dio permiso de llorar. Luego se sentó en el borde de la cama, había terminado con esa carga pesada y aún con su cara demacrada y el hambre que lo invadía, fue capaz de levantarse.

Ese era el habitual despertar. Excepto por las lágrimas, esta fue la primera vez en mucho tiempo que su cara se mojó salado. Entre el claro oscuro del cuarto alcanzaba a ver la cómoda de ropa; sacó unas medias, una camiseta y ropa interior. Se volvió a tirar en la cama, se tapó con una sábana y cerró los ojos de nuevo.

Serían tal vez las 11 de la mañana cuando sonó el teléfono. Era el demonio, llamaba para empezar a jugar de nuevo. Una música contradictoria y fuerte se apoderó de su cabeza; una mujer cantaba suave y penetrantemente numb. El teléfono seguía sonando, se había acelerado el ritmo y ahora ya no había espacios mudos. Solo sonaba, se quejaba ese teléfono. Sin poder resistir más el ruido, se quitó toda de encima y como pudo se puso encima la ropa que estaba limpia.

Era como despertar del mismo día una y otra vez, excepto que no era el mismo día. En ese cuento él no repetía el día esperando enmendar errores, tampoco lo repetía en busca de ganar la lotería o despedirse de ningún amigo muerto. Para él, la vida era una incómoda repetición. Cambiaban los lugares, la gente, las mentiras, pero siempre era él y su miserable abandono. No había nadie más que él mirándose al espejo, jugando con las líneas del piso y su análisis mental de los otros que lucían tan bellos, tan felices, tan jodidos por dentro.

La caminata se alargó unas horas, ya el sol no se portaba tímido sino que al contrario rompía ojos y labios y quemaba la cabeza de todos los transeúntes. Sin embargo, todo el cuerpo temblaba de frío, de dolor, de rabia de verse en la cara de los que se apenaban por su pena. No existe algo más extraño que caminar por la calle y que sin que la gente se conozca, sea capaz de darse cuenta del malestar que invade al otro.

El estómago volvía a quejarse, pero él simplemente no podía alimentarlo. Todo lo que allí entraba sabía a negro, a oscuro. Aunque físicamente el cuerpo se enojaba con los cigarrillos, esos eran los únicos que podían liberar el alma. Cada vez que salía humo de su boca, sentía que botaba el asco que tenía de sí mismo. Lo único que no apestaba a cigarrillo en su corazón era ella.

Siguió caminando, miles de composiciones sin sentido con ganas de ser atrapadas por la tinta se peleaban en la cabeza. Ella nunca entendió que no era el camino al que él llegó por azar, tampoco entendió que no era la última opción. Él la deseaba desde siempre, él soñaba con ese tipo de amor que solo ella sabía dar. Él no estaba buscando cariño, estaba buscando su cariño. Siempre fue condenado por lo mismo, por el pasado, por las decisiones del pasado, por la gente del pasado, por quien él fue en el pasado.

A su lado se detuvo esta curiosa mujer, de estatura baja, pelo corto y grandes anteojos. Lo saludó con un beso en la mejilla y preguntó por la noche anterior. Él ya era tan mecánico e histriónico, que la conversación fluía. Era una escena en un televisor y él mismo era su propio espectador. Una escena que leída entre líneas describía un par de sonrisas, una mano que jugaba con la otra y una profunda admiración. Se habló de nuevos planes para la noche, un pub, un parque, luego tal vez la casa de un no sé quién. Martha se despidió.

Ahora no había por donde más caminar, la puerta de su edificio parecía tener un imán que lo arrastró y no lo dejó seguir. Sin saber cómo llegó a casa. O mejor, había llegado a ese espacio sin vida, pero abarrotado de recuerdos.

En esa hora del día que siempre se confundía ya no supo si esa mujer a quien soñaba tanto era parte de su pasado. Hasta ese momento la descifró como un deseo que no se había cumplido, pero un olor fuerte a alguna fruta cítrica, le trajo una visión que ya no fue tan falsa. Su nariz rota por dentro le contaba cuando ella bailando en la sala lo empujó a la cocina y el filo de un cajón acabo con esa bonita nariz que mamá siempre alabó. Él nunca quiso operarse, siempre dijo que sería una gran historia para los hijos, aunque en realidad su corazón quería mantener la fractura eternamente porque sabía que a esa mujer pronto le saldrían plumas por la espalda. Ella volaría lejos muy lejos y él moriría anclado en ese mismo 5 piso.

La ventana se cerró tan fuerte que le hizo despertar de la imagen. En la sala, donde ya todo estaba lleno de polvo, encontró refugio. Jugó un rato a construir un fuerte con almohadas y el techo lo fabricó con acetatos. Cuando se halló dentro, sintió la falta de música, entonces sacó su pie descalzo y estirándose lo que más pudo, prendió un equipo de sonido. No había razones para escuchar ninguna música alegre. Si el mundo se está cayendo, nada mejor que musicalizarlo con decadencia.

A eso de las 8 de la noche se puso de pie como un monstruo rompiendo un edificio, todo voló y se sumó al desorden de la sala. Bañarse era por fin una buena idea. Creyó por un segundo que el arrepentimiento saldría de él como mugre, de pronto este se escondía tras las rodillas o en los codos o dentro de las orejas, así que se limpió tan fuerte hasta que todos los poros de su piel se rompieron. Después de volverse tan mecánico, la habilidad de encontrarse a él mismo en recuerdos felices era nula, cualquier felicidad que registrara su cabeza se le confundía con una fantasía. Estaba tan enfermo por fantasear, que incluso había borrado de su ser la barrera de lo real y lo que no lo era. Solo tenía certezas malas. Como en los sueños cuando la gente pide un golpe para despertar, igual era él, solo se sentía vivo o por lo menos cuerdo, cuando algo le dolía. Más dolor, más vida.

Su presente no le daba dolores de cabeza, vivir al día era su clave para vivir. Terminó de peinarse, se puso crema en los labios, un abrigo y volvió a salir. Al otro lado del vidrio de la puerta de salida del edificio Martha bailaba. También tenía otra ropa. Adornaba su cabeza con un moño rosa y unos grandes audífonos que estropeaban su peinado, emitían un ruido infernal.

Era algún tipo de electrónica que él nunca entendió. Se alivió cuando recordó que esa noche solo habría rock and roll. Martha hablaba del frío. Se quejaba por una cosa, por la otra. Detuvo el bus y cuando subió pagó por los dos. Él no decía nada, reía de vez en cuando. Se bajaron en un lugar prohibido, era un separador de una gran autopista. Estaba lleno de gente, todos tenían cajas de alcohol, unos fumaban marihuana y otros ya poseídos por el demonio, peleaban o hablaban muy fuerte o reían muy fuerte. A esa altura ya todo es muy fuerte.

Martha lo tomó de la mano, cruzó sus dedos con los de él, como lo hacen los novios. Él no se sorprendió, simplemente se fue un poco más lejos a donde era ella, su hermosa mujer, la que lo tomaba de la mano. La fantaseaba tanto que le dolía el corazón.

Sin darse cuenta resultó sentado en medio de un grupo enorme de gente. La cerveza volaba por todos lados y sostenía en una mano una botella de algún whisky de mala calidad. Veía en su cabeza rodar imágenes de ella siendo dueña de sus noches. Caminar por la propia ciudad era desconocido, todas sus historias, la risa fuerte, el paso al caminar, todo era tan emocionante que no había comparación.

La mejor droga del mundo no se habría comparado, ella le provocaba alucinaciones, lo hacía sentir invencible, perfecto, feliz.

Cada trago de whisky opacaba más la mirada. Quería romperse como un vidrio contra el suelo. Martha no dejaba de hablar, de repente lo besó y siguió hablando. Algo en su saliva fue familiar para él, era ligera, dulce, brillante, olía a lo mismo que huele el mundo cuando viajas y asomas la cabeza por la ventana. Ya Martha no estuvo más allí, él la invocó a ella y con ella se fue a casa.

Esta vez no despertó desnudo. Una camiseta y un bóxer eran su traje. Estaba solo. Pensó que era posible que el demonio volviera a llamar, así que no quiso esperar y salió a caminar. En una tienda de música frente al parque central escucho Incubus, se paró en la vitrina mirando hacia la calle y cantó entre dientes muy bajito. Luego pasó la calle y tan pronto como llegó al parque busco lugar en uno de los árboles. La brisa caliente llevaba con ella un poco de ese aroma cítrico pero delicado que él amaba tanto.

Miró alrededor, era imposible. Corrió más adentro del parque y cuando notó su locura, se detuvo. El olor no estaba y tampoco su normal calma. Necesitó recostarse en el pasto para recobrar energía y dejar descansar al corazón.

Tenía la mirada fija en el cielo. Pero después de un rato la ceguera es inevitable. Se acostó boca abajo y ahí fue cuando la vio. Jugaba con dos perros, uno grande, uno pequeño, ambos sin raza. Estaba tan linda como él la recordaba, el pelo liso tan liso que se le escapaba de la trenza, la cara poco maquillada pero con las mejillas prendidas de color, las piernas largas, delgadas y suaves, y el color de piel más saboreable que jamás ha vuelto a ver.

Estaba inmóvil, sumergido en las pisadas de ella sobre la tierra. Se imaginaba que la música que ella escuchaba era una canción de amor. Una que la hacía moverse como en un video clip.

El sol la quemaba en las piernas, en los brazos, la cara y aun así estaba radiante corriendo con los perros. Él no conocía a los perros, era la primera vez que los veía. No iba a ser valiente para acercarse, así que se ya sentado se apoyo en un árbol. Estuvo allí unos 50 minutos hasta que ella se fue. No había más remedio que seguirla. Quería ver dónde vivía.

Caminó tras ella varias manzanas hasta llegar a una casa vieja en medio de muchos edificios nuevos y modernos. Alguien abrió la puerta. Ella entró y él corrió y corrió. Se detuvo en la calle frente a su edificio, tenía miedo de entrar a su casa. Pasar la calle se convirtió en un ataque de recuerdos, esa fue la misma calle en la que él no caminó tras de ella. Fue la misma calle donde la besó mil millones de veces antes de despedirla en un taxi. Sabía que ella no era un sueño. Ella existió, fue suya y él fue de ella.

Tantas veces llegaron a la madrugada a hacer el amor. Tantas veces no aguataron las ganas que terminaron haciéndolo en el ascensor. Esos días en que ella salía en la mañana a comprarle dulces y leche, mientras que él la miraba por la ventana. Mañanas que perdían las cobijas y se arropaban con el otro. Tardes en que el hambre los golpeaba, así que se llenaban a morir con comida chatarra. Noches que las fiestas y el ruido les parecían algo ridículo y jugaban a hacer reír al otro hasta hacerlo enojar.

El ascensor fue demasiado para él. Pero no pensó en lo grave que serían las escaleras. Ahí se habían escapado a jugar cartas y fumar en una visita familiar. Habían limpiado algunos escalones con blanqueador y la cera roja sobre la madera se había vuelto naranja para siempre. En esas escaleras ambos quisieron abusar del otro y ponerse indecentes juntos. Corrió para atravesar las escaleras, las saltó, las esquivó, trató de no pisarlas. Y ya en el 5 piso vio al final del pasillo el gran ventanal redondo. El mismo ventanal en que se sentaban a hablar de sus amigos, de la hipocresía, de las buenas personas, de sus faltas, de sus padres, de sus miedos.

Ella nunca lo perdonó. No perdono su falta de interés, de valor. Esos últimos días juntos cuando ella enfermó, él nunca la visitó, creía que un mensaje era suficiente. Tenía miedo de verla, no sabía cómo se apoyaba a alguien que siempre había sido un personaje de historieta, la súper heroína. Él abandonó el barco, lo dejó partir sin capitán. Ahí fue cuando el tiempo empezó a desvanecerse, cada vez la vio menos, le habló menos, la sintió menos. Todo se llenó de polvo y la lógica y la conciencia dejaron de vivir en ese apartamento. La ropa de colores saltó por la ventana, la música rosa y comercial se fue a vivir a la basura y la comida sana nunca más volvió a entrar a ese lugar. Ya nadie evadía sus conversaciones melancólicas, ni se quejaba de los colores de su piel.

Que dolor tan grande siente el alma cuando el propio ser deja de ser encantador para uno mismo y para el otro. Él había perdido todo encanto, su encantadora vida se esfumó.

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